El éxito y la tragedia
EL SUICIDIO DE WALTER OLMOS


EL SUICIDIO DE WALTER OLMOS:
EL ÉXITO Y LA TRAGEDIA

Fue “primicia“de algún canal de noticias el suicido del cuartetero catamarqueño Walter Olmos, el que otrora se lo mencionara como posible sucesor de Rodrigo Bueno (el cuartetero cordobés que en pleno auge de su carrera y a corta edad muriese víctima de un accidente de tránsito en el que él mismo era el conductor).
Los medios no tardaron en hallar semejanzas, jóvenes ambos, exitosos, con muertes trágicas y por lo tanto sorpresivas, cuyas fechas de deceso coincidían con la muerte de otras figuras casi míticas, el aniversario del fallecimiento de Carlos Gardel con el cordobés y el de Gilda (otra cantante bailantera que encontrara también su muerte en otro accidente de ruta). También surgieron otras semejanzas personales, como el carisma, la bondad, la humildad, el deberse al público, la sensibilidad social y por supuesto que ambos provenían de niveles sociales de muy bajos recursos y sin acceso a la escolaridad.
Se barajó que en el caso de la reciente víctima, tal vez estaba “jugando a la ruleta rusa”, juego que más que alejar la idea del suicidio… la consolida. El juego consiste, en resumidas cuentas, en provocar una situación de muerte o vencerla omnipotentemente, o sea MATAR O MORIR. Disputa propia del narcisismo primario, para que quienes tenemos un acercamiento al psicoanálisis.
Su antecesor –por otro lado- vivía al límite del exceso de trabajo, la cantidad impensables de show recorriendo grandes territorios, las entrevistas mediáticas, el alcohol, tal vez alguna otra adicción etc.
Es así que otro encuentro entre las víctimas es la vida al borde, al extremo de situaciones terminales.
En tal sentido, no creo que sea solo propio de los ídolos de las bailantas. En el apogeo del boxeo, los máximos exponentes corrían igual suerte, basta con recordar la historia de Monzón o de Galíndez.
Tal vez, la tragedia final, venga a dar cuenta de los cimbronazos previos que sufriera el psiquismo de estos personajes. Sabemos que el yo es el mediador entre los impulsos pulsionales, los imperativos de los ideales y las exigencias del mundo externo. Esto implica que el yo, lejos de ser una estructura fuerte y armónica, está constantemente en debate, intentando mediar sobre todos los requerimientos de tan diversas fuentes, siendo por ello un especie de ligazón y a su vez, sede de los conflictos neuróticos.
A medida que se crece y evoluciona, el yo va adquiriendo nuevos recursos para enfrentar los avatares de cada instancia, logrando mayor efectividad en el desarrollo vital. Sin embargo hay situaciones que resultan traumáticas, ya sea por intensidad o por frecuencia, que desarman al sujeto de esta posibilidad, produciendo verdaderas catástrofes en el interior de las personas.
En el caso de estos “ídolos”, es probable que coincidan estructuras mentales rudimentarias, con ideales internos superados por la realidad, con exigencias del medio externo impensable para sí mismos, ofreciendo como único recurso yoico una vuelta a la omnipotencia infantil, la que todos sabemos –en un efecto rebote- está condenada a “estrellarse” contra sí misma.
Un éxito idílico que se paga –muchas veces- con la propia vida.

Lic. Susana Fragassi

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