Las damas de Napoleon
Las damas de Napoleon


Las Damas de Le Petit General


“Soldados, vosotros estáis desnudos y desnutridos. Os conduciré a las planicies más fértiles de la tierra. Ricas provincias y grandes ciudades caerán en vuestras manos. Allí encontraréis honor, fama y riqueza.”
Tales fueron las palabras de motivación que Napoleón Bonaparte dirigió a sus tropas. El hombre que muchos llamaron el Diablo de Córcega había nacido en Aiaccio, Corsega, apenas veintisiete años antes, el 15 de agosto de 1769. Carlos Bonaparte, su padre, obtuvo el título de Doctor en Leyes en la Universidad de Pisa y después luchó como patriota córsego contra los monárquicos franceses. Durante la pelea, Carlos y su esposa Leticia, con el hijo José en brazos y Napoleón en el vientre, apenas pudieron escapar de las fuerzas de la monarquía. Eventualmente, Carlos comprendió que lo mejor era rendirse ante los franceses. Después de hacerlo, tuvo la suerte de encontrar un puesto en el gobierno, en 1771, con un nombramiento como asesor en el área de jurisdicción real, para asuntos civiles y criminales.
A partir de ese momento, se convirtió en un seguidor devoto de la monarquía y en 1777, Carlos fue electo diputado de la nobleza.
Leticia Bonaparte, una mujer de naturaleza. fuerte y dominante, tuvo una enorme influencia en todos sus hijos, pero sobre todo en el joven Napoleón. Varios biógrafos han descrito su carácter como pesimista, calculador y manipulador. Después de la graduación de Napoleón en la Escuela Militar, recibió entrenamiento en artillería y fue nombrado teniente, en 1791, al final de la Revolución Francesa, cuando tenía 22 años. Bajo la dirección del influyente Conde Paul Barras, Napoleón ganó reconocimiento en el sitio de Toulon, cuando tomaron la ciudad de las fuerzas británicas en 1793. A los 24 años, recibió el grado de teniente coronel. Luego fue llamado a París, en 1795, en donde su supresión despiadada de un motín de rebeldes ayudó a salvar la nueva república. Por esto, recibió el grado de general y fue nombrado comandante del Ejército del Interior, a la edad de 26 años. Su pequeña estatura (1,60 metros) también le hizo recibir el apodo: le petit general.
-Las experiencias fuera del campo de batalla
Al igual que muchos hombres militares, las primeras experiencias de Napoleón con las mujeres se caracterizaron por relaciones con prostitutas de la calle. Sin embargo, estaba ansioso de contraer matrimonio y, en 1795, volvió su mirada hacia mujeres maduras, algunas con edades tales que podían ser su madre. Su búsqueda frenética terminó cuando el Conde Paul Barras, quien quería deshacerse de su concubina criolla, costosa, desleal y envejecida, Josephine Beauharnais, hizo los arreglos necesarios para que los dos se conocieran. Josephine era seis años mayor que Napoleón y le llevaba una cabeza en estatura. De un matrimonio anterior, Josefina tenía tres hijos, ocupaba un lugar entre los más altos en la sociedad parisiense y tenía mucha experiencia en el arte de la seducción. La experiencia militar del joven Napoleón no le había preparado para lo que habría de venir.
Su noche de bodas resultó ser una experiencia conmocionada. Mientras estaban ocupados en relaciones sexuales vigorosas, el novio gritó cuando el perrito de Josefina saltó a la cama y mordió al pequeño general en la pantorrilla izquierda desnuda. Dos días después, el guerrero herido suspendió su luna de miel y se fue a la campaña italiana, con lo que la lujuriosa Josefina, quien rara vez dormía sola, quedó libre para volver a entablar relaciones con sus amantes suplentes. Un comentario contemporáneo sobre ella decía, en burla, al referirse a su falta de lealtad y sus costumbres de gastos excesivos: “la naturaleza, visionaria, colocó lo necesario para pagar sus cuentas por debajo de su ombligo.”
-Mujeres por todos lados
Definitivamente, Josefina no era el tipo de mujer que Napoleón estaba buscando. Siempre se mostró consternado por la forma mediante la cual los hombres poderosos parecían ser controlados por mujeres inmorales.
Con desaprobación, escribió a su hermano: “Las mujeres están por todas partes, aplaudiendo en el teatro, caminando por los parques, leyendo en las bibliotecas. Estas encantadoras criaturas están hasta en el despacho del hombre sabio. Este es el único lugar en el mundo en donde pueden dirigir el barco del estado. Los hombres están locos por ellas, no piensan en nada más y viven solo para ellas.”
-El pequeño sabio sucumbe ante las ‘encantadoras criaturas’
A pesar de las protestas ante su hermano, después de la triunfante campaña italiana y el inicio de su campaña egipcia, surgieron las costumbres adúlteras de Napoleón y empezó a formarse su persona sexual única.
Pauline Foures, la esposa de un teniente que estaba bajo el comando de Napoleón, se disfrazó como soldado francés, para estar cerca de su esposo durante la campaña egipcia. Sin embargo, cuando Napoleón descubrió a la bella Madame Foures entre sus filas, inmediatamente la adoptó como su concubina principal en el campo de batalla y, astutamente, asignó al teniente para entregar los envíos a París y a misiones de reconocimiento río abajo en el Nilo.
Rápidamente, Pauline adquirió los apodos de “Nuestra Dama del Oriente” y “Madame la Generala” Le gustaba aumentar la pasión de Napoleón por los uniformes, usando sombreros de pluma, abrigos con trenzas doradas y pantalones blancos muy pegados a la piel. Se decía que lo último lo hacía para atizar el fetiche de sus nalgas hasta el punto del frenesí.
Bonaparte prefería mantener sus escapadas en secreto, pero el affair con Mademoiselle George (una mujer bisexual cuyo nombre verdadero era Marguerite Weymer, y que luego fue conocida como “La Ballena” debido a un enorme aumento de peso) explotó públicamente, lo que le causó gran vergüenza. Además de las referencias en los periódicos, surgió un libro erótico con ilustraciones que representaban a su concubina en relaciones homosexuales con una amante lesbiana, Raucort.
-Regreso secreto a París
Las victorias iniciales de Napoleón contra los ejércitos austríacos le convirtieron en un héroe nacional. Después de su campaña egipcia en 1799, regresó en secreto a París y se aprovechó de la disensión interna en el Directorio (el cuerpo de gobierno) para ejecutar un golpe de estado. Se creó el Consulado (cuerpo de gobierno) y como primer cónsul, a los 34 años, se autonombró Emperador Napoleón I. Asignó a sus hermanos para que gobernaran los países y territorios conquistados y, en esencia, estableció una dictadura militar, camuflada por una constitución que le otorgó un poder político ilimitado. Además, introdujo reformas importantes que mejoraron enormemente las instituciones judiciales, financieras y administrativas del país.
-Mantener un ejército fuerte y leal
Debido a que el Imperio de Napoleón I era ante todo un estado militar, el Emperador mismo se encargó de que los civiles toleraran lo que hacían los soldados.
Aun durante el período de sus grandes éxitos militares, la mayor parte de los franceses de ninguna manera tenían muchas ganas de arriesgar sus vidas al servicio de la codicia de conquista del General de Córcega. Para mejorar el ánimo de los soldados, Napoleón les daba cantidades ilimitadas de pan y vino, mientras que escaseaban para la población civil. Pero ni siquiera esto fue suficiente atracción; el soldado también necesitaba algo para su corazón.
Napoleón consideró que la mejor forma de mantener a sus hombres jóvenes en uniforme era permitirles la libertad sexual; por lo tanto, los soldados podían cometer muchas ofensas sexuales y hasta crímenes con impunidad, no solo en el campo de batalla, en donde esto se comprendía, sino también en Francia.
Cuando las cosas se deterioraban demasiado, el gobierno emitía un nuevo decreto, o las mismas autoridades militares intervenían. Pero la ley no escrita señalaba que tales reglas y prohibiciones regían solo para los subalternos, no para quien las proclamaba. La moralidad sexual en las filas de oficiales no era mejor que en los soldados rasos. Un guerrero verdadero tenía que ser “galante”. Esto significaba que tenía que molestar a cualquier chica que mirara, y si no era suficiente la atracción por el uniforme, podía actuar con mano militar.
-El pequeño general como guerrero galante
Para abastecer las andanzas galantes de Napoleón, su principal ayudante de campo y confidente íntimo durante 15 años, el General Christophe Duroc, actuaba como alcahuete. Las chicas que pasarían la noche eran llevadas a un dormitorio al lado del estudio de Napoleón, en las Tulerías.
Napoleón no guardaba en secreto sus proezas. Cuando estaba en lo que él llamaba su “estación de celo”, escogía entre muchas, comentando “el amor es una pasión singular, que convierte a los hombres en bestias... entro en celo como un perro.”
Duroc ingresaba secretamente a las muchachas y les ordenaba que se desnudaran y permanecieran entre las sábanas de la cama, listas para las relaciones sexuales instantáneas en el momento que terminaba el día laboral de Bonaparte. Algunas familiares de Napoleón confabulaban las intrigas de mayor duración, como con algunas damas de compañía de la corte, como Eléonore Denuelle, ya que patrocinaban a cualquier concubina que pudiera probar que la odiada Josefina era estéril. Tuvieron éxito con Denuelle, quien dio a luz un hijo en 1806. Orgullosamente, Napoleón se acreditó como el padre.
-Las mujeres tienen alma
El Emperador estaba tan ansioso de proclamar sus éxitos amorosos que casi se podía pensar que lo hacía únicamente para poder hablar de ello. Pero Napoleón seguía teniendo reservas con respecto a las mujeres y expresaba con candidez: “Tratamos a las mujeres demasiado bien y al hacerlo, lo hemos arruinado todo. Nos hemos equivocado demasiado al ascenderlas a nuestro mismo nivel. Los orientales son mucho más inteligentes y sensatos, al hacer de las mujeres sus esclavas.”
Napoleón también estaba convencido de la ‘debilidad del intelecto femenino’. Sin embargo, sostenía que: “los hombres deben tener varias esposas.” ‘¿De qué se queja la mayoría de las damas? ¿No reconocemos que tienen alma...? ¡Exigen la igualdad! ¡Es una locura! La mujer es nuestra propiedad... al igual que el árbol frutal pertenece al jardinero.’
-Las bellezas polacas
Josefina no solo tenía que preocuparse de la infidelidad de su esposo en casa, sino también en el extranjero, en donde no podía controlarlo. Después de una campaña exitosa contra Prusia, en 1806, se fue a Polonia, y Josefina empezó a preocuparse por las ‘bellezas polacas’. Napoleón debió haberse preocupado también.
Después de una pequeña victoria contra los rusos en Pultusk, Napoleón fue vitoreado como el libertador de Polonia. En una enorme recepción que ofrecieron en su honor en el Palacio de los Reyes, en Varsovia, sus compañeros polacos, que necesitaban el poderío francés para obtener su independencia de Rusia, le presentaron a la condesa patriota polaca, Marie Walewska, como un ‘regalo’. La relación empezó en forma dispareja. La joven condesa, quien estaba nerviosa, se desmayó en los aposentos privados de Napoleón en Varsovia, cuando él se puso sexualmente agresivo. Sin intimidarse, Napoleón la violó. Al recuperar la conciencia, lo perdonó rápidamente y la relación floreció durante tres años. Su encanto tranquilo y su devoción cautivaron al emperador. Marie dejó su marca en la historia como la única mujer que él realmente amó. En 1810, le dio su segundo hijo, Alexander, con lo que se comprobó que Napoleón no se había vuelto impotente, lo cual se rumoraba ampliamente en ese entonces.
Mientras tanto, el problema de producir hijos legalmente aceptables se convirtió en una gran preocupación. En 1809, después de que su tempestuoso matrimonio con Josefina fracasó en producir su tan deseado heredero, Napoleón, de mala gana, anuló la unión. -Busca una princesa
A partir de ese momento, estaba resuelto a contraer matrimonio con una princesa de una de las grandes cortes, quien le diera un heredero de sangre azul para su trono. Los casamenteros diplomáticos primero pensaron en una princesa rusa, la hermana del Zar Alejandro, quien tenía dieciséis años de edad. Pero mientras titubeaban en San Petersburgo, Clemens von Metternich, un estadista austríaco, alarmado ante la posibilidad de una alianza franco-rusa, le ofreció a Napoleón la hija del Emperador Francisco de Austria, María Luisa, de diecisiete años de edad.
María Luisa no fue la favorita de Napoleón, inmediatamente. Era algo tiesa y le llevaba una cabeza en estatura a su pretendiente, quien tenía cuarenta años. Pero estaba disponible inmediatamente. De hecho, el contrato matrimonial fue tan comercial como la compra de una tonelada de pescado. El matrimonio se realizó en Viena por medio de un apoderado, sin la presencia del novio; empacaron a María Luisa en un carruaje del Estado y la enviaron a París.
Esto fue demasiado para un hombre que nunca abandonó su imagen de conquistador, hasta en sus relaciones con las mujeres. No se conformó con que le enviaran a su consorte a su hogar. Él la iría a traer y la haría su esposa antes de que repicaran las campanas. Sin anunciarse, fue a encontrar a María Luisa, saltó en su coche a medio camino y pasó su noche de bodas en el Castillo de Compiègne, anticipando las ceremonias civil y religiosa. Estaba muy complacido con su aventura. Le dijo a uno de sus amigos íntimos: “Cásate con una alemana, mi querido amigo. Son las mejores esposas del mundo: buenas, sencillas y frescas como rosas.”
-La femme fatale del pequeño general
Pero fue Marie Walewska, la patriota polaca, la única mujer a quien él permitió que influyera en él, hasta en la política, quien se convirtió en la femme fatale. Fue ella quien le hizo adoptar la fatídica política para Europa Oriental, que empezó con el lema de ‘liberar a Polonia del yugo ruso’ y que terminó en la desastrosa campaña rusa (1812) con la pérdida de su ejército, la derrota aplastante en Leipzig (1813), y su abdicación forzada y destierro a la Isla de Elba.
Aunque se escapó brevemente para librar la lucha de los “Cien días”, su esfuerzo para recuperar el trono francés concluyó con su derrota por parte del Duque de Wellington en Waterloo (1815) y su posterior exilio de por vida, en la isla de Santa Elena.
A pesar de todas los golpes de la fortuna, su corazón seguía joven y romántico. En Elba tuvo tres amantes y hasta en Santa Elena, ya un hombre enfermo, tuvo algunas relaciones, primero con la hija quinceañera de quien le cuidaba y luego con varias otras mujeres.
-El estrés del guerrero le doblega
En los últimos años antes de su muerte, el 5 de mayo de 1821, Napoleón presentaba signos de los años de estrés. Un tinte amarillento reflejaba el deterioro progresivo de sus glándulas endocrinas, que resultaría fatal. El examen médico y la autopsia realizada por el famoso Dr. Antommarchi, con varios médicos ingleses como testigos brindaron más evidencias de la insuficiencia rápidamente progresiva de las glándulas pituitaria, tiroides; suprarrenales y gonadales de Napoleón, y es casi seguro que contenían tumores. Se encontró que una gigantesca úlcera gástrica y depósitos extensos de calcio por todo el sistema urinario fueron las causas primarias de su indigestión y micción dolorosa, que le afligieron durante toda la vida. La obstrucción uretral probablemente fue la causa de su queja de le chaud pisse (“la orina ardiente”). Se encontró que la úlcera era cancerosa, aunque todavía no se había diseminado a otras partes del cuerpo. El pene de Napoleón se había encogido hasta dos centímetros y medio de largo y ambos testículos eran minúsculos, lo que ponía en evidencia un caso avanzado de hipogonadismo. Casi no tenía vello corporal y el pubis tenía una apariencia femenina. Los cambios glandulares le habían producido pechos suavemente redondeados, de textura cremosa, y habían reducido las manos y los pies a un tamaño anormalmente pequeño. La estatura final de Napoleón, según quedó registrada en la autopsia, fue de un metro y cincuenta y siete centímetros, varios centímetros menos que antes debido a los azotes de sus múltiples enfermedades.
No obstante, hasta en su muerte mantuvo un toque de grandeza. En su testamento, aunque no tenía mucho que dejar, heredó a María Luisa su faja y su corazón, que habría de preservarse en alcohol de vino y enviarse a la Emperatriz, como prueba, escribió, de que “te he amado con ternura y nunca te dejé de amar”.


Centaurus, Volumen 4, Número 4

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